La posesión

Un agudo corte en mi mano.

Una profunda herida en su cuello.

Habiamos escogido la roca adecuada. Aspera y Lacerante. La sangre saltaba a borbotones. Nuestros cuerpos desnudos se unían en un desenfrenado ritual dionisíaco.

El calido contacto de nuestra sangre provocaba delirantes efusiones, desbordantes de pasión e impregnada de erotismo.

Cuando iniciamos aquella enigmática ceremonia no podiamos adivinar el final. Ni siquiera vislumbrar los extraños derroteros por los que discurría nuestra fiesta singular.

Todo había empezado a la puesta del sol. Nos habíamos diriguido hacia aquel lugar en la montaña, alejado del mundo e ignorado por los humanos.

En la áurea hora del crepúsculo nos preparamos concienzudamente para el instante supremo.

Los hongos mágicos, junto con el hechizo natural de aquel paraje, nos ofrecían las condiciones necesarias para alcanzar lo irrealizable y cruzar triunfalmente el umbral del templo prohibido.

El primer sorbo de su sangre, que penetró por mi boca insaciable, inundó mi pecho de una oleada de voluptuosidad, al mismo tiempo que un alud de alegría salvaje se precipitaba hacia lo más hondo de mi alma.

Mi ferocidad llegó al paroxismo cuando empecé a morder su carne tierna y palpítante.

Con felina agilidad me apoderaba de su cuerpo entero, a medids que mi luguriosa voracidad devoraba sus hermosas formas palmo a palmo.

A cada zarpazo, a cada mordisco, una parte vital de su bella humanidad desaparecía entre mis faces y la asimilaba en mi propia existencia.

Ella se entregaba por entero, correspondía a mis ansias de posesión con vehencia y pasaba a formar parte con deleite de mi excéntrica esfera de fuego.

Sus estertores frenéticos provocabab en mi galopantes ataques emocionales.

Su vida se desvanecía entre las envolventes ráfagas del destructivo temporal.

Cuando apreté su corazón entre mis manos y su cabeza se abismó en mis entrañas, la luz de la luna iluminó por un instante la divina orgía infernal.

La culminación de nuestro amor pasional había llegado al apogeo y habia alcanzado la plenitud.

Jamás habíamos conseguido antes estar juntos, tan compenetrados, tan unidos, tan fundidos en una sola y refulgente llama.

Y nunca podríamos estarlo de nuevo.

Aquello había sido definitivo, apocalíptico, lapidario, total.

Una verdadera celebración, apoteósica, memorable y digna de recordar. Quedará gravada para siempre en las indelebles peñas de mi memoria. Llegar a tal extremo merece la aprobación, la sorpresa y la admiración del cielo entero.

Ni los mismos dioses lo habrian hecho tragico.

A la luz del amanecer, un mostruo solitario, profiriendo pavorosos alaridos de placer, saltaba, corría y huía sin rumbo por las eternas montañas, con una sonrisa de felicidad en sus voraces fauces.

Sus manos se agitaban en el aire, trazando la desaparecida silueta de un cuerpo amado y acariciando la adorable cabeza de una mujer, que ya sólo podia aparacer en las enfervorizadas simas de su exaltada imaginación.

Los ligeros dedos de la Aurora ceñían su frente con la magía sublime de un amor perdido.

Siempre escapando de los lugares que más estimo y huyendo de las personas que más quiero.

Este parece ser mi destino.

© Albert 1991

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Crater eclipse Aurea Nortal