La AcrobaciaFinal

" ¡ Ya puedes lanzarte !

He retirado la red. "

Aquel podía ser el último salto, el vuelo mas arriesgado hacia la inmensidad más insondable.

El equilibrio más imposible sobre el abismo más profundo

La llamada de Aurea

un poder inextinguible

una fuerza irresistible

una magia irrefutable

La llamada de Aurea

era un grito hacia la Acrobacia Final.

Jamás había contemplado tamaño precipicio.

Nunca había vislumbrado tal distancia entre la cálida plenitud de la ascensión y el gélido vació de la caída.

Todos los músculos en estado de alerta, los sentidos en máxima tensión, los sentimientos desbordados por la emoción, la pasión en estado incandescente.

Aurea estaba ante mí

como un ser divíno, una existencia celestial esperándome, impulsándome, arayéndome, guiándome hacia su luminosos paraíso para acogerme en su generosa perfección.

Sólo me quedaba salvar el desfiladero más escabroso, aquel en el que los vientos rugian de espanto y los árboles crepitaban bajo el fuego avasallador.

Aquel cráter infinito en el que sufria la libertat y aúllaba la soledad.

Era un vuelo alciónico, una euforia desbordante, ligereza indescriptible, luz incandescente, absoluto fluir.

Cuando la obscuridad invadió el espacio, las densas tinieblas cubrieron el mundo y la noche impregnó los abismos con su espeso manto, una sensación de vacío me asaltó, un vértigo letal heló mi espiritu.

Entonces me vi suspendido en el aire sobre el escalofriante abismo.

Sólo dos ligeras cuerdas blancas me salvaban de caer en el insondable mundo de las tinieblas.

Eran dos fibras infinitas y paralelas que se perdían en la eternidad.

Por encima no veia el principio, por debajo no divisaba el final.

Ascender o descender era sólo una cuestión de equilibrio.

Aquella canción de poderes dionisíacos irrumpió estruendosamente en aquella atmósfera cenital.

El destino me perseguía con aquella sublime melodia.

En realidad aquella música nunca había estado lejos de mí, jamás me habia abandonado, siempre había vivido dentro de mí.

Necesitaba toda la ayuda divina, todo el apoyo del más allá para no despeñarme en aquella negra noche hacia aquel agujero negro que me envolvia por doquier.

Y Aurea acudió a socorrerme en aquel crítico instante.

Se acercó y se limitó a recordarme aquellas canciones que tanto habían significado para mí durante toda la vida.

Ellas me habían salvado.

Y esta última no podía ser distinta.

Simplemente, mejor.

Más espontánea, mas esplendorosa, con más poder.

Todo lo sublime de la existencia expresado en un estallido de música luminosa.

Los Músculos de la Tabernera.

En el patio umbrío de aquel tugurio habían atrapado a la propietaria del local.

Dos sújetos la mantenían a raya en un semicírculo de piedras levantado en mitad de aquel jardín.

Eran el coronel y el comandante de aquel destacamento de justicieros.

El primero de ellos, de levada estatura y algunos cabellos grises, había agarrado la leve figura de la mujer por ambos lados de su diminuta cintura y la hacía saltar por los aires levantándola del suelo con enorme facilidad.

La había desnudado previamente de todas sus vestiduras y únicamente le había permitido conservar un ligero bañador negro para cubrir los recovecos de su intimidad.

Cada vez que esta tórrida zona del cuerpo de la doncella surcaba el aire frente a las fauces del coronel, éste le soltaba una dentellada felina agilidad.

La frecuencia de oscilación de la figura femenina fue disminuyendo paulatinamente y la ferocidad de los mordiscos de las mandíbulas del terrorista se transformó imperceptiblemente en una prolongada delectación por parte del energúmeno.

La inicial rigidez de los músculos de la taberna dio paso a una sorprendente flaccidez, y la amenazadora expresión de su rostro adquirió de pronto una inesperada sonrisa de gozo.

Sin duda él había encontrado el verdader gusto en aquel néctar de diosas y ella se había dejado arrastrar por aquellas mandíbulas de fuego que la ingullían con dionisíaco furor.

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