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Magnáfera Subitamente, la vestal de cabello oscuro alzó los ojos y me miró fijamente. Entonces reconoci a Magnáfera La observé un instante con detenimiento y sonreí con aprobación. Quería que supiera que yo no la juzgaba por aquella extraña escena. Al igual que ella valoraba mis actos más incomprensibles, yo respetaba los suyos. Por inescrutables que fueran. Silenciosamente le dí a entender que yo estaría a su lado en todo momento, aunque nadie lo entendiera. Y, con un espontáneo gesto de amistad, le di la mano y me alejé con ella de aquel anfiteatro en ebullición, rumbo a una zona menos frecuentada. Mientras desapareciamos protegidos por la penumbra y la obscuridad, aquella mujer asombrosa me contó la fobia cerval que sentía hacia las multitudes. No soportaba las concentraciones. En Lugar de sentirse dignificada por el clamor del auditorio y enaltecida por las ovaciones de la concurrencia, longuidecía ofuscada por la terrible presión del estentóreo público. Como reacción ante su innata aversión, se complacia en protagonizar demostraciones irreverentes e imcomprensibles para la mayoría de los mortales. Experimentaba un irrespetuoso y saludable deleite en soliviantar los ánimos de las masas vociferantes. Todo el mundo retrocedía perplejo bajo el impacto de su desbordante vitalidad. Yo la escuchaba con interés creciente. Su simpatía se transparentaba a través de sus luminosas pupilas. La sonrisa que afloraba en sus ojos era infinitamente perfecta. Me sentía inmensamente afortunado de que una persona que atesoraba tal riqueza existencial se hubiera cruzado en mi camino. Y quizá fuera factor determinante en mi incierto destino. Nos deslizamos entre los fastuosos cortinajes del Teatro Nacional, hasta alcanzar la entrada de la cámara oculta. La estancia resultó extremadamente acogedora. Tapices y cuadros mostraban profusión de tierras inhóspitas, donde las colinas palidecían bajo el resplandor de la luna y los valles dormian sumidos en lluvia estelar. Taciturnos pastores desfilaban con el ceño fruncido, enfundados en abrigos de piel, bajo la solemne presencia de un alcornoque inmemorial. Parecia que quisieran perderse tras el policromo mural para permitirnos disfrutar de la soledad de nuestra alcoba. Y allí se tendío Magnáfera, desnudándose lentamente de sus ligeras ropas, mostrándose la pureza de su cuerpo a la tenue luz de un candelabro, exponiendo su turgente busto al masaje de mis ávidas manos. Como las dunas del desierto, suavemente agitadas por cálidos vientos, sus senos se movían sumisos bajo el contacto de mis caricias. Tersa y májestuosa. Su femenina anatomía se extremecia de gozo, su sangre galopaba en sus venas, su ser estallaba de jubilosa vida. Ansiosa, expectante, me ofrecia graciosamente sus excitantes encantos. Me incitaba con su sinciosidad palpitante a ceñirla entre mis músculos. Me conducía con suavidad hacia su núcleo neurálgico de placer para que la penetrara con pasión. Deseaba que la poseyera con toda la fuerza del amor. Se estremecia entre mis brazos. Por encima de su ardiente cuello percibía la sonrisa de su expresivo rostro. Sus labios entreabiertos me llamaban con insistencia, su boca era una fruta sabrosa y fragante que resplandecía en su cara encantadora. No podía resistir más tiempo. Me alcé un instante por encima de su húmeda piel y me entregué totalmente a la magia de Magnáfera. Su beso fue un manatial de lujuria. Su cuerpo y su mente juntaron su energia en una avalancha de poder voluptuoso. Todas las células de su carne vibrababn bajo mi abrazo. Se balanceaba sensualmente al ritmo de nuestra música interior. Movia su cabeza contra mi corazón. Sus tórcidos muslos temblaban, oscilaban, se separaban dócilmente a ambos lados de mis piernas. Los juntaba de nuevo en un circulo abrasador alrededor de mi cintura. Y yo me precipitaba desbocado a los dulces abismos de sus ser. Me desbordaba desenfrenado en el sublime epícentro de la felicidad. La fuente del deseo derramaba sus esencias para inundarnos de alegría avasalladora. Una atracción irresistible me mantenia unido a ella. Un fuego inextinguible me fundia con ella. Una llama cegadora me soldaba a ella. Su contacto era divino. Magnáfera era una criatura celestial. Me fui retirando del Teatro lentamente, considerando la tracendencia del acontecimiento en toda su magnitud y tratando de valorarlo en sentido retrospectivo. Intentaba calibrar la autentica significación de mi encuentro con Magnáfera. Quería discernir cuál era la idea preponderante : ¿ Era una excelente amiga o mas bien una maravillosa amante ? Quizá, ambas cosas a la vez. Y me iba alejando con nostalgia, pensativo, meditando arduamente acerca de mis irreprimibles romances con las sustancias etéreas y las mujeres divinas. Inextricables encrucijadas de la historia, cotas culminantes, experiencias gratificantes que obnubilaban mi mente y purificaban mi alma. Siempre tendré una puerta abierta a lo prohibido, a lo extraño, a lo desconocido. Lo inesperado, lo imprevisto es parte inherente de la más sublime seducción. En los suburbios de la ciudad existía un pequeño bar sobre una loma, donde las calles alcanzaban los prados y el barrio se confundía con el monte. Allí, todos los marginados, los perdidos y los traficantes se daban cita. Y siempre quedaba lugar para el último poeta deseperado. Hacia allí me dirigí involuntariamente, antes de emprender mi incierto viaje hacia la libertat. Mi cabeza todavia vagaba sumida en las hondas reflexiones sobre mi ineludible misión realizada con mi compañera de aventuras astrales en la cripta del Teatro. Nuestro acto era irreversible. Pero a la vez había sido imprescindible efectuarlo y culminarlo. Y, por supuesto, me parecía inolvidable. Una vez consumado, era consciente de que tardariamos en acudir otra vez a nuestra lunática cita anual. Mi ausencia sería larga. No sabía a ciencia cierta cuando volvería. Pero el mensaje escrito entre los dos, quedaba grabado con convicción y permanecería latente hasta que la sombra de la tierra se interpusiera de nuevo entre la luna llena y el igneo sol. © Albert 1997. |
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© 2002-03 Carajillo
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